

Es distinto compararnos mujeres y varones con la intención de conocernos mejor, que buscar diferencias entre unos y otras para competir por la superioridad de un sexo frente al otro y, lamentablemente, éste es el ángulo desde el que, con mucha frecuencia, se aborda este tema. El resultado es la falta de respeto a uno y otro sexo. Conocernos mejor unos a otros es una actitud en la que están presentes los valores de la tolerancia, la igualdad y la justicia.
Así, uno de los aspectos de la vida humana donde la intolerancia resulta más peligrosa es, precisamente, el de la sexualidad, pues allí se manifiesta como la guerra del ser humano contra sí mismo, del varón contra la mujer y de la mujer contra el varón. Nacemos en una sociedad que nos dice las conductas y los comportamientos que considera ideales para cada sexo. La familia, la televisión y otros medios, enseñan a los individuos a comportarse de una forma que consideran típica de cada sexo, y esto provoca a que cada persona asuma un papel sexual: un estereotipo masculino o femenino.
Estos estereotipos son adoptados por niños y niñas, pues están ahí como las propuestas familiares y sociales a las que deberán ajustarse si quieren ser aceptados: es lo que se espera de ellos y de ellas. En todas las sociedades han regido ciertos estereotipos dominantes y, a pesar de que varían de lugar en lugar y de tiempo en tiempo, todos se caracterizan por presentarse como la norma que se impone, como lo que debe de ser sin que se consideren las tendencias particulares de cada individuo: "Los niños no lloran" o "Tú eres niña: no puedes hacer eso" son fórmulas muy conocidas en las que se resumen los estereotipos dominantes que nuestra sociedad asigna para cada sexo desde la infancia.
A partir de concepciones de este tipo se establece un trato diferente para cada sexo: en nuestra sociedad, de manera muy extendida, a las niñas se les enseña a ser hacendosas y se les prepara para la crianza y el hogar; la maternidad se les ofrece como su realización absoluta en la vida y, por el otro lado, a un gran número de niños se les induce a considerarse fuertes, decididos para que lleguen a ser los proveedores económicos, los jefes de sus futuras familias. Estos estereotipos son la base de muchos desajustes de la sociedad, pues condicionan las oportunidades, los deberes y los derechos no a partir de la capacidad real de cada individuo, ni a partir de lo que cada quien elige para su vida.